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Calaix de sastre arran la meva vida quotidiana a Ciutat de Mallorca

Rapsodia Húngara nº 2 de Franz Liszt (1853)

maiorica | 26 Juliol, 2008 19:30

Una de las debilidades del pianista y compositor Franz Liszt (1811-1886) fue el folklore de su país natal, Hungría. A pesar de ser de cultura germánica y ni siquiera hablar el húngaro, se consideró a sí mismo como el mejor embajador de su país (efectivamente, así fue). La música magiar siempre estuvo presente, y puede considerarse su extensa obra como precursora de un nacionalismo musical húngaro.

Primera parte, 

En realidad, aquellos temas que Liszt consideraba como húngaros pertenecían al folklore zíngaro (gitanos de Hungría), una música más colorista y vistosa que el folklore magiar, que llevó a Liszt a caer en el espejismo. Es más, Liszt consigue que su música suene como húngara gracias a los característicos cambios de ritmo (lassu-friss: lento-rápido) propios de las danzas magiares.

Pero aparte de eso, todo se corresponde con una música puramente gitana. Incluso Liszt vivió una temporadita en Raiding junto a gitanos húngaros, para empaparse de su música a fondo: no distinguía la música zíngara de la magiar. O al menos no supo, o no quiso.

Segunda parte,

Entre esas composiciones destacan las 20 rapsodias hungaras para piano en dos etapas, 1849-1855 (quince) y 1879-1886 (cinco). Orquestó seis de ellas entre 1875 y 1876, con ayuda de su colega Franz Doppler (1821-1883), con una numeración distinta porque se hizo en orden aleatorio. De todas ellas destaca la famosa Rapsodia Húngara nº 2, que en realidad es la nº 12 para piano (1853).

La pieza en sí es espectacular, y la versión orquestal es mucho más famosa. Pero no la versión de Liszt-Doppler: es correcta, pero adolece de cierta irregularidad, con un presunto exotismo folklórico poco logrado. La versión que a todos nos suena es la del hoy desconocido Karl Müller-Berghaus (1829-1907), publicada en 1872. Y es la que os propongo en los videos de Youtube. 

Es menos fiel al original, pero mucho más redonda. Su fama es inmensa y ha consagrado la pieza como una habitual obra de concierto: unos auténticos fuegos de artificio sinfónicos que entusiasman y dejan boquiabiertos a cualquier espectador. Hay otros arreglos muy posteriores que igualmente no han trascendido.

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